Un escritor se hace pasar por mujer para enamorar a un boxeador

En la literatura uno asume una identidad ajena (de hombre o de mujer, de viejo o de niño, de idiota o de erudito) y trata de llevarla hasta sus últimas consecuencias. Pero los que lo hacemos en la literatura, lo hemos ensayado también en la vida real. Hace unos años el escritor Efraím Medina suplantó las identidades de otros jóvenes escritores colombianos y empezó a mandar, a nombre de ellos, ataques contra mí a varios medios colombianos. Yo estaba bastante asombrado por estos ataques emprendidos por personas que consideraba, incluso, buenos amigos. Al fin se reveló la patraña, Medina reconoció la suplantación, y todo, aparentemente, no fue más que un chiste. Al cabo del tiempo, y mirándolo con cabeza fría, yo creo que uno tiene derecho a hacerse pasar por otro que no existe, pero hacerse pasar por otro que vive, y escribir a nombre de él, es un delito.

Ya con su propio nombre, Medina, que es un boxeador al que le gusta, o le gustaba, llamar la atención peleando, siguió dando declaraciones y publicando en todas partes opiniones muy respetables, como que yo era un pésimo escribidor de la montaña, si no el peor. Y otras opiniones un poco menos respetables, como que yo era una mediocre escritora colombiana. En esto se escondía el machismo típico del boxeador: creer que acusar a un hombre de ser mujer es un insulto, porque para él, obviamente, la condición femenina es inferior, débil e incluso levemente estúpida. La cosa, a estas alturas, me importa un pito, pero en su momento me dio rabiecita.

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Vía Menéame

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